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MENTE SOCIAL Y COLECTIVA · 6 MIN DE LECTURA · 8 DE NOVIEMBRE DE 2026

La historia de los 38 testigos no es como te la contaron

Lo que una historia famosa nos enseñó mal sobre por qué a veces no ayudamos.

8 fuentes · 3 con texto completo leído · 5 solo resumen, reseña o no consultadas

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Dibujo a tinta de un edificio de noche con ventanas encendidas y apagadas; de una ventana, donde se asoma una persona, sale una neurona ramificada hacia el cielo
Ilustración (esquema ilustrativo, no representa datos ni un caso real).

Imagina que, una noche, oyes gritos en la calle. Miras por la ventana y ves luces encendidas en otros pisos: tus vecinos también los han oído. ¿Llamas tú a la policía? ¿O das por hecho que ya habrá llamado alguien?

Esa duda, tan corriente que casi no la notamos, está detrás de una historia muy repetida en la psicología. Y la historia, tal como suele contarse, no es del todo cierta.

Una historia muy repetida

En 1964, una mujer joven, Kitty Genovese, fue asesinada en una calle de Nueva York. Poco tiempo después, el New York Times publicó que al menos 38 vecinos habían presenciado el ataque y que ninguno había intentado ayudar: ni siquiera habían llamado a la policía [1].

La noticia tuvo una enorme repercusión [4]. Predicadores, profesores y comentaristas buscaron explicaciones: «decadencia moral», «deshumanización de la vida urbana», «alienación» [1]. Todas apuntaban a lo mismo: que quienes vivían en las ciudades se habían vuelto fríos e indiferentes.

Lo que no encaja

Con los años, esa versión se ha ido desmontando. Una revisión publicada en 2007 en la revista American Psychologist concluyó que no hay evidencia de que hubiera 38 testigos [2][4]. Según las reseñas de ese trabajo, solo unos pocos vecinos pudieron aportar algo utilizable en el juicio, y ninguno declaró haber visto la puñalada. Tampoco fue un ataque único e ininterrumpido: según esas reseñas, el agresor abandonó un primer ataque cuando alguien gritó, y el asesinato se produjo después, dentro de un edificio, fuera de la vista [3][4].

Hay un detalle curioso. Cuando los psicólogos John Darley y Bibb Latané publicaron en 1968 el experimento que hizo famoso lo que hoy llamamos efecto espectador, su artículo empezaba repitiendo la historia: «al menos 38 testigos», ninguno intentó ayudar, ni siquiera levantó el teléfono [1]. El relato inexacto circuló también dentro de la literatura científica.

Esto no significa que el efecto sea un invento. Los autores de la revisión de 2007 no lo niegan: lo que critican es que el mito sesgó la investigación posterior, que se centró en por qué los grupos no ayudan y descuidó cómo pueden ayudar [3]. Veamos qué mostró de verdad aquel experimento.

Un experimento con voces grabadas

Darley y Latané reclutaron a estudiantes de psicología de la Universidad de Nueva York: 72 en total, 59 mujeres y 13 hombres [1]. Cada participante se sentaba solo en una cabina con auriculares. Le dijeron que participaría en una conversación por interfono sobre los problemas personales de los universitarios en una ciudad grande, y que por privacidad cada persona estaría en una sala distinta. Solo se oía un micrófono a la vez [1].

Lo que el participante no sabía es que las demás voces estaban grabadas. En un momento de la conversación, la voz de otro «estudiante» empezaba a hablar con dificultad, pedía ayuda y simulaba una crisis epiléptica [1]. Lo que se medía era si el participante salía de la cabina a avisar al experimentador y cuánto tardaba.

La variable que cambiaba era el número de personas que el participante creía que estaban escuchando. En un grupo, solo la víctima y él. En otro, la víctima, él y otra persona. En el tercero, la víctima, él y otras cuatro [1].

El resultado fue claro. De quienes creían ser los únicos que oían a la víctima, el 85 % avisó antes de que terminara la crisis. Con otra persona escuchando, lo hizo el 62 %. Con otras cuatro, el 31 % [1]. Todos los participantes del grupo más pequeño acabaron avisando; en el grupo de seis, solo el 62 % llegó a hacerlo alguna vez durante los seis minutos que duraba el experimento [1].

Porcentaje de participantes que avisó, según los oyentes que creían tenerBarras horizontales. Sin otros oyentes: 85 % avisó (13 personas). Con un oyente más: 62 % (26 personas). Con cuatro oyentes más: 31 % (13 personas). Cuantos más oyentes creía tener el participante, menos avisaron.0 %50 %100 %Sin otros oyentesn = 1385 %1 oyente másn = 2662 %4 oyentes másn = 1331 %DATOS DEL ESTUDIO
Figura 1. Participantes que avisaron antes de que terminara la crisis, según cuántos oyentes más creían tener. Datos del estudio [1]. Fíjate en el tamaño de cada grupo (n): son muy pocas personas.

Los autores lo explicaron con un concepto que hoy se llama difusión de la responsabilidad: cuando creemos que otras personas también pueden actuar, sentimos menos responsabilidad personal, y es más fácil pensar que alguien ya se estará ocupando [1]. También midieron rasgos de personalidad, como el maquiavelismo o la aceptación de la responsabilidad social, y no predijeron quién ayudaba y quién no [1].

Un matiz importante: los autores señalan que su situación experimental no se parece a una emergencia en la que los espectadores se ven y se hablan entre sí [1]. Y el estudio se hizo con grupos pequeños (13, 26 y 13 personas en la comparación principal) y con estudiantes, en su mayoría mujeres [1].

Cada uno ayuda menos, pero alguien ayuda

Aquí viene una parte importante. En ese mismo artículo, Darley y Latané se preguntaron qué le pasa a la víctima, no solo a cada espectador: si cada persona se inhibe más, ¿recibe menos ayuda quien está rodeado de más gente? Con los datos del experimento construyeron grupos hipotéticos y calcularon que, durante el primer minuto, la víctima tenía más probabilidades de recibir ayuda con uno o dos espectadores que con cinco. Pero concluyeron que, pasado el primer minuto, la probabilidad de recibir ayuda de al menos una persona era alta en las tres condiciones [1].

Esa distinción entre lo que hace cada persona y lo que ocurre en el grupo es la clave de un estudio publicado en 2020. Un equipo analizó 219 conflictos reales captados por cámaras de vigilancia en zonas urbanas de Países Bajos, Sudáfrica y Reino Unido. En el 90,9 % de los casos, al menos una persona intervino, y de media lo hicieron casi cuatro (3,76) [5]. Los autores observaron además que, cuanto más gente había presente, más probabilidades había de que alguien ayudara: cada persona adicional se asociaba con probabilidades 1,1 veces mayores de que la víctima recibiera ayuda [5].

Intervención en 219 conflictos reales captados por cámaras de vigilanciaEn el 90,9 % de los 219 conflictos al menos una persona intervino, y de media intervinieron 3,76 personas. Intervenir incluye gestos de calma o consuelo; los vídeos no tenían sonido y el estudio no es un experimento.219 conflictos reales captados por cámaras90,9 %de los conflictos tuvoal menos una personaque intervino3,76personas intervinieronde media porconflictoLímites del estudio«Intervenir» incluye gestos de calmao consuelo.Vídeos sin sonido.Zonas céntricas con mucha vida nocturna.No es un experimento.DATOS DEL ESTUDIO
Figura 2. Intervención en conflictos reales captados por cámaras de vigilancia. Datos del estudio [5], con los límites que declaran sus autores.

Cuidado con leerlo como «el efecto espectador era falso». Los propios autores parten de que, individualmente, es menos probable que cada persona ayude cuando hay otras, y lo que muestran es que eso no impide que, en conjunto, alguien suela hacerlo [5]. Son dos preguntas distintas.

Y ese estudio tiene límites que los autores declaran. Definieron «intervenir» de forma amplia (incluye gestos de calma o consolar a la víctima). Los vídeos no tenían sonido. La muestra procede de zonas céntricas con mucha vida nocturna. Y no es un experimento: no permite saber qué habría pasado en una situación sin espectadores [5].

Lo que sabemos y lo que no

Hay un metaanálisis —un estudio que reúne los resultados de muchos otros— que ayuda a ordenar el panorama. Publicado en 2011, reunió más de 7.700 participantes y 105 comparaciones. En promedio, hay menos ayuda cuando hay más espectadores, pero el efecto se debilita cuando la situación se percibe como peligrosa, cuando hay un agresor presente, cuando ayudar supone un riesgo físico o cuando los espectadores se conocen entre sí [6].

Esto último encaja con otra línea de trabajo: en uno de los experimentos de Levine y Crowther, los grupos grandes de desconocidos frenaron la ayuda, pero los grupos grandes de amigos la favorecieron [7]. El número de personas no lo explica todo; importa quiénes son y qué relación tienen.

¿Y por qué ocurre en el cerebro o en la personalidad? Aquí conviene ir despacio. Una revisión de 2018 propone que la apatía del espectador sería en parte una reacción emocional refleja que depende de la personalidad, sobre todo del malestar personal que sentimos. Pero sus propios autores describen los hallazgos neuronales como «una primera indicación», reconocen que la evidencia procede de neuroimagen y realidad virtual, y piden más confirmación [8]. Es una hipótesis razonable, no un resultado cerrado.

Qué nos llevamos

Tres ideas, sin sobreprometer:

  • Una historia famosa no es una prueba. El caso de los 38 testigos se contó mal durante mucho tiempo, incluso en artículos científicos.
  • El efecto espectador existe, pero no es destino. En los estudios reunidos hasta ahora, en promedio hay menos ayuda cuando hay más espectadores; en los conflictos grabados por cámaras de vigilancia, lo habitual fue que alguien ayudara, y las relaciones entre las personas cambian el panorama.
  • Entender por qué dudamos no nos hace inmunes. Darley y Latané plantearon al final de su artículo que, si las personas entienden las fuerzas de la situación que las hacen dudar, quizá puedan superarlas [1]. Es una hipótesis suya, no un resultado de su experimento.

La próxima vez que oigas ese «ya habrá llamado alguien», recuerda que esa duda no dice nada malo de ti. Es una duda corriente, y su estudio es más matizado de lo que la historia de los 38 testigos nos hizo creer.

Fuentes

Cada fuente indica si se leyó el texto completo, solo el resumen o una reseña. Cómo se comprueba.

[1] Texto completo Darley, J. M. y Latané, B. (1968). Bystander intervention in emergencies: Diffusion of responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8(4), 377–383. (Estudio original. Texto completo leído.)

[2] Reseña, divulgación o cita Manning, R., Levine, M. y Collins, A. (2007). The Kitty Genovese murder and the social psychology of helping: The parable of the 38 witnesses. American Psychologist, 62(6), 555–562. https://doi.org/10.1037/0003-066X.62.6.555 (Estudio original. Leído solo a través de reseñas [3][4].)

[3] Reseña, divulgación o cita British Psychological Society, Research Digest (23 de octubre de 2007). The truth behind the story of Kitty Genovese and the bystander effect. https://bps.org.uk/research-digest/truth-behind-story-kitty-genovese-and-bystander-effect (Divulgación: reseña del trabajo [2].)

[4] Reseña, divulgación o cita The Editors (13 de marzo de 2013). And that's the way it was: March 13, 1964. Columbia Journalism Review. https://www.cjr.org/?p=99490 (Divulgación.)

[5] Texto completo Philpot, R., Liebst, L. S., Levine, M., Bernasco, W. y Lindegaard, M. R. (2020). Would I be helped? Cross-national CCTV footage shows that intervention is the norm in public conflicts. American Psychologist, 75(1), 66–75. https://doi.org/10.1037/amp0000469 (Estudio original. Cifras leídas en el manuscrito aceptado.)

[6] Solo el resumen Fischer, P., Krueger, J. I., Greitemeyer, T., Vogrincic, C., Kastenmüller, A., Frey, D., Heene, M., Wicher, M. y Kainbacher, M. (2011). The bystander-effect: A meta-analytic review on bystander intervention in dangerous and non-dangerous emergencies. Psychological Bulletin, 137(4), 517–537. https://doi.org/10.1037/a0023304 (Revisión. Leído el resumen oficial; cifras y moderadores citados proceden de él.)

[7] Solo el resumen Levine, M. y Crowther, S. (2008). The responsive bystander: How social group membership and group size can encourage as well as inhibit bystander intervention. Journal of Personality and Social Psychology, 95(6), 1429–1439. https://doi.org/10.1037/a0012634 (Estudio original. Leído el resumen oficial; el texto completo no.)

[8] Texto completo Hortensius, R. y de Gelder, B. (2018). From empathy to apathy: The bystander effect revisited. Current Directions in Psychological Science, 27(4), 249–256. https://doi.org/10.1177/0963721417749653 (Revisión. Texto completo leído.)

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